La Llorona | El Alma en Pena de la Mujer que Asesino a us Hijos

La Llorona – El Alma en Pena de la Mujer que Asesino a sus Hijos

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LA LLORONA – EL ALMA EN PENA DE LA MUJER QUE ASESINO A SUS HIJOS

Son las doce de la noche y se escucha el sonar de las campanas de la catedral.  Desde el más distante barrio de la ciudad, recorre los angostos callejones obscuros una mujer misteriosa vestida siempre de blanco, un alma en pena que agobiada por sus enormes pecados, sigue en este mundo vertiendo a gritos su llanto. Los que por desgracia la llegan a ver mueren de espanto o caen al suelo desfallecidos, mientras que los que escuchan sus profundos gemidos corren despavoridos para alejarse de aquel espectro infernal.

Sucedió en la Nueva España durante el Siglo XVI.  El poderoso caballero y aristócrata Don Nuño de Montes Claros se enamoró de Luisa de Hernán y Martínez, una bella mestiza hija de una princesa india y de un conquistador español.  Ella tenía veinte años, era esbelta y su tez blanca como la azucena.  Tenía los ojos negros y ardientes, su cabello era largo y rizado, con labios rojos y frescos como flores de granada.  Muchos estaban enamorados de ella pues la consideraban un ángel humano, y unos eran tan atrevidos que todas las noches llegaban hasta su balcón a recitarle poemas y a llevarle serenata.  Sin embargo, la joven Luisa nunca se asomó por la ventana ni abrió la puerta, y por eso la gente del pueblo pensaba que nadie vivía en aquel cuarto.

Ahora bien, al fondo de la calle y sobre una pared alumbrada por la débil luz de un farol, estaba un retablo con la imagen de un santo.  Y cuando ya no se escuchaba la música ni los cantos de los galanes, cuando estaba la calle sola y las estrellas se ocultaban, entonces se escuchaban los pasos de Luisa al salir cuidadosamente de su casa toda cubierta con un manto.  Caminando lentamente, se acercaba hasta el retablo, donde la esperaba un joven atractivo de treinta años, de cabello rubio, y ojos azules con quien pasaba las horas platicando.

Una mañana, la gente se dio cuenta de que Luisa había desaparecido.  Las puertas de su casa estaban completamente abiertas, mas no pensaron que había sido un robo, sino que se había fugado con algún galán desconocido. En México la noticia corrió rápidamente y todos daban diferentes versiones de lo que pudo haber ocurrido, hasta que al fin después de un largo tiempo las murmuraciones cesaron.  La gente se fue olvidando de la hermosa Luisa, de sus pretendientes, de los poemas, y de las serenatas.  Finalmente, aquel estrecho callejón volvió a quedar en silencio, y solamente se podía ver la triste luz del farolito del santo.

Transcurrieron seis años desde que se supo que la bella Luisa desapareció de su barrio, pero el tiempo que todo lo descubre, puso el misterio claro.  El amante de Luisa, aquel hombre con el que se había escapado, era nada menos que Don Nuño de Montes Claros, aquel joven atractivo con el que ella pasaba las horas platicando.   No obstante, como no pertenecía a su misma clase social el consideraba su amor bastardo, y por esa razón escondió a Luisa en un lugar apartado donde formo el tierno nido que el mundo buscaba en vano.  Luisa tuvo tres hijos rubios quienes bajo su cuidado crecían amados, a pesar de que en el fondo de su alma sentía una herida pues había desaparecido aquel amor apasionado que le había demostrado Montes Claros.  Con el tiempo, aquel amante enamorado perdió la costumbre de ir a verla todos los días, y cuando lo hacía tan pronto llegaba volvía a salir, dejando a la humilde Luisa angustiada y sumida en un profundo llanto.

Una noche, Luisa tomo a uno de sus hijos en brazos y se coloco junto a la ventana abierta que era iluminada por la tenue luz de luna.  Desde allí, con la mirada perdida en el horizonte empezó a llorar amargamente, mientras sus lágrimas caían sobre el rostro del niño que dormía plácidamente acurrucado en sus brazos.  De repente, el sonido de las campanas de la catedral anunciaba las once de la noche, entonces rápidamente dejo al niño en su cama, se coloco su largo manto, y salió corriendo a la calle hasta detenerse en la mansión de Montes Claros. Allí, vio que por los balcones se cruzaban mil sombras, escucho el sonido de la música, muchas risas, y prolongados aplausos.  Por un momento permaneció allí parada sin poder creer lo que veía y escuchaba preguntándose porque su amado estaba tan feliz, mientras ella estaba hundida en la soledad, la tristeza, y la desesperación.  Armándose de valor, se aproximo a la puerta y se le acerco a uno de los hombres que iba saliendo, y le pregunto: “¿Me puedes decir que es lo que se esta celebrando?”.  “¡Me sorprende su pregunta!”- le respondió el hombre – “Nadie en el pueblo ignora que hoy a las nueve de la mañana en la Iglesia del Sagrario, se celebro la boda de Don Nuño de Montes Claros. “¡Vaya que estas atrasada de noticias, mujer!”.  El hombre se marchó, y Luisa se quedó allí un largo rato, inmóvil y sin poder llorar.  Después, como sombra se introdujo al interior tapando su rostro con su manto para no llamar la atención. Al llegar a la sala, vio a Don Nuño que sobre un estrado estaba junto a su dama con las manos entrelazadas y hablándole de amor.  En ese momento, los recuerdos la embargaron, pues hacía muchos años en aquella callejuela del barrio ella y ese hombre se habían enamorado, teniendo únicamente como testigo la imagen del santo. Enfurecida salió de allí, y con el corazón destrozado corrió hasta llegar a su casa. Al entrar, se dirigió al armario y de un cajón saco un puñal que Don Nuño había dejado olvidado.  Desquiciada corrió a la cama donde dormían sus hijos, y con el alma envenenada a los tres les arranco la vida.  Así, cubierta de sangre salió hacia la calle llorando y gritando: “¡Ay mis hijos!”  “¡Ay mis hijos!”. 

La gente indignada por el espantoso crimen condeno a garrote a aquella maldita asesina, y al mediodía se levantó el cadalso en la plaza principal para ejercer justicia.  Luisa, con el cabello en desorden y el rostro desencajado, llego al cadalso abriéndose paso entre la muchedumbre, acompañada de dos frailes que fervientemente rezaban por ella.  Al subir al patíbulo, Luisa levanto la cabeza espantada, y al reconocer a lo lejos su casa levanto las manos al cielo y lanzando un terrible alarido cayó al suelo sin vida. Aquella tarde, un gran cortejo fúnebre que entonaba canciones de lamento llevo al cementerio los restos del famoso Don Nuño de Montes Claros, quien al no soportar la terrible muerte de sus adorados hijos, enloquecido decidió terminar con su propia existencia.

La gente cuenta que desde entonces se ha escuchado el grito de La Llorona, quien es Luisa, y anda penando sin encontrar la paz y el descanso para su alma como castigo a su culpa desde hace muchos años. 

AUTOR: LEYENDA DE MEXICO – proviene de la época colonial.

En el año de 1865 el Lic. Vicente Riva Palacio, escritor e historiador de México, revisó los libros prohibidos de la Santa Inquisición que estuvieron guardados y escondidos del público, y en ellos encontró la verdadera leyenda.  Sin embargo, no quiso escribir al respecto y le dio la información a su amigo el poeta mexicano Juan de Dios Peza, él cual se dio a la tarea de escribir esta historia en forma de poema para no ser censurado por la Santa Iglesia Católica publicando su trabajo con un conjunto de leyendas, incluyendo lo que debió ser la verdadera leyenda de “La Llorona”.

 

 

 

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